miércoles, 26 de mayo de 2010

EL ESICASMO EN LA HISTORIA DEL MONAQUISMO RUSO
Daniel Estivill *

Un modo ciertamente válido de aproximarse al mundo de la civilización europea-oriental, y más concretamente a la Rusia, cuyo despertar en estos últimos tiempos ha abierto nuevos caminos, redescubriendo elementos de auténtica renovación en el campo de la espiritualidad, es entrar en contacto con el ambiente y la historia del monaquismo en este país, el cual, como es sabido tiene sus raíces culturales más remotas en el Oriente Bizantino. Compleja y rica es la historia del monaquismo ruso, desde los primeros monjes del período del Reino de Kiev (siglo XI) entre los cuales sobresalen San Antonio e San Teodosio, fundadores de la Laura de Pecersk, hasta el Santo obispo de Vladimir, Teófano, llamado “el recluso”, que hacia el final del siglo pasado vivió los últimos años de su vida recluido y dedicándose como un simple monje a la escritura de obras espirituales.

A lo largo de estos siglos varios movimientos se sucedieron al interno de la vida monástica rusa influenciando en la cultura de la época. Entre ellos es digno de mención en “esicasmo”, una corriente de espiritualidad surgida, de algún modo, como oposición al reformismo monástico de José de Volokolamsk. Este había contribuido eficazmente a la consolidación del florecimiento monástico en el siglo XV, orientando la reforma de la vida contemplativa religiosa hacia la observancia perfecta de la regla. En pocas palabras, el monje, según su modo de pensar, para alcanzar la santidad solo tenía que cumplir lo que estaba escrito en la regla. Esta reforma dio una sólida estructura a muchos monasterios y contribuyó en gran medida a ordenar la vida cenobítica dentro de las grandes comunidades, pero como todas las reformas tuvo su punto débil, en la medida que centró la atención en la observancia de los preceptos, limitando en muchos casos concretos la ascesis espiritual al cumplimento externo de los mismos, con el consiguiente descuido de la indispensable adhesión interna.

La reacción a esta concepción no se hizo esperar. Precisamente en la segunda mitad del siglo XV comienza a desarrollarse en el ámbito de la cultura monástica rusa un movimiento conocido con el nombre de “esicasmo” (del griego hesychia: tranquilidad, paz ) cuyo centro de atención es la oración interior que surge desde el corazón. Los esicastas buscan por lo tanto el desierto, la vida solitaria, rechazando todo tipo de pasiones y malos pensamientos que turban la tranquilidad interior. Pero la novedad de esta corriente, que tiene su origen varios siglos antes en el ambiente bizantino y en particular a las enseñanzas de Nicéforo del Monte Athos, consiste en la búsqueda de la experiencia del “paraíso interior”, es decir, del goce sensible de la paz del corazón como visión de la Luz divina.La aspiración de un verdadero esicasta era llegar a experimentar la visión de la Luz que deslumbró a los apóstoles en el Monte Tabor durante la Transfiguración.

Para salvar a los esciastas de la herejía del messalianismo (que proponía como ideal de perfección espiritual la fuición de la gracia divina) el teólogo oriental Gregorio Palamas hizo una sutil distinción entre la esencia divina, que será siempre inaccesible, y la operación de Dios, cuyo efecto puede ser experimentado sobretodo en la oración interior.

El gran representante del esicasmo en tierra rusa fue un santo monje llamado Nilo Sorskij, originario del Monasterio de San Cirilo de Beloozero, luego de haber transcurrido varios años en el Monte Athos, regresó a su patria con el objetivo de reformar la vida monástica. Con tal propósito se retiró internándose en la foresta, cerca del rio Sora ( de ahí el nombre de Sorskij), para vivir en una celda solitaria. Con el correr del tiempo, comenzaron a acercársele varios discípulos que místico ermitaño aceptó pero no permitió vivir con él en comunidad sino que obligó a cada uno a habitar en una celda propia, dando de este modo una primacía a la vida eremítica con respecto a la cenobítica. A pedido de sus propios discípulos Nilo escribió una Regla de vida, en la cual resulta patente la doctrina del escicasmo sobre la actitud del corazón: “sin la disposición interior en vano sirve ocuparse de la exterioridad”. En esta regla el Santo Padre del monaquismo ruso no hace otra cosa que trasmitir la doctrina y la experiencia de los Padres esicastas de la tradición griega, que él personalmente había conocido en su permanencia en la sagrada montaña de la Grecia.

Uno de los aspectos más interesante de los escritos de Nilo Sorskij es la detallada y minuciosa descripción de los estados del alma desde el punto de vista psicológico. El ve en cada ser humano la actualización del drama de Adán en el Paraíso. Siguiendo este principio general, en la regla trata con delicada atención de los cinco grados del desarrollo de una pasión pecaminosa; la sugestión, el coloquio con el tentador, la lucha contra la tentación, el consenso libre del pecador, el surgimiento de la pasión en cuanto inclinación al mal que en la naturaleza humana en su estado original no existía. Es importante recordar aquí que en la tradición oriental el concepto de “naturaleza” es equivalente a lo que en la teología occidental es el estado de naturaleza creada y elevada al orden de la gracia. Por tanto, la naturaleza, en el sentido oriental es siempre “ buena” y sólo entra en ella la malicia cuando el demonio, por medio de una sugestión comienza a abrirse camino hacia el interior del corazón.

De ahí que el esicasmo intente por todo los medios lograr la paz interna a través del propio conocimiento introspectivo que conduce al verdadero discernimiento, mediante la virtud de la atención, de las sugestiones que terminan por desencadenar el drama del pecado. Metafóricamente, es como si el ángel guardián que custodia la puerta del corazón preguntara a cada sugestión de donde viene para saber si conduce al bien o al mal.

El profundo interés con que Nilo Sorskij se dedicó a la búsqueda de la perfección interior, dejando un gran espacio a la libertad en lo que se refiere a la organización de la vida externa, provocó ulteriormente, sin intención alguna por parte del reformador, una encendida polémica entre los discípulos de José de Volokolamsk y los seguidores del ermitaño de más allá del Volga. Polémica que, por otra parte, se inscribe en el marco de las tendencias del espíritu humano en la búsqueda de la perfección.

Sin embargo es necesario reconocer que Dios se ha servido, en la historia de la Iglesia, tanto en oriente como en occidente – viene sin querer a la memoria el nombre de San Francisco de Asís – de ciertos espíritus de gran sensibilidad y fineza espiritual para mantener viva la llama del fuego interior en la vida contemplativa, a menudo sofocada por la organización externa, necesaria pero no suficiente para conducir al hombre al encuentro con Dios.

*Sacerdote de nuestra Diócesis de San Isidro.

(Este artículo fue publicado en el Boletin Nº1/95 de Lavra de Jerusalen.)


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